Inicio arrow El rincón de Dora arrow Historia de dos amig@s
Menú principal
Inicio
FAQs
Noticias
Agility
Clicker
El rincón de Dora
Archivo
Enlaces
Buscar
Suscríbete
Historia de dos amig@s PDF Imprimir
Escrito por Marigú Lopez   

 Un relato sincero y valiente,  escrito desde la experiencia de quien  educo, a dos de sus perros, de  maneras distintas.  Un relato lleno de ternura y con una gran dosis de sinceridad.

 CASTIGAR O PREMIAR

PARTE I: CASTIGAR

 Se llamaba Darky. Era el Pastor Belga más bonito y cariñoso del mundo, o al menos eso me parecía a mí. El color y el brillo de su pelo, negro como el azabache, llamaba la atención … o al menos, eso me parecía a mí.

 Darky fue mi primer perro, el primero totalmente mío. Me lo regaló mi hermana cuando tenía poco más de 3 meses. Aún recuerdo el día que llegó, con su mirada de desconcierto y un gran lazo rojo, de esos que les ponen a las tartas, pegado en la cabeza. Era poco antes de Navidades. “¡Mi mejor regalo de Reyes!” – pensé yo - hasta que empezaron los problemas.

 
Merece la pena aclarar que yo ya estaba acostumbrada a tener perros en casa, pues desde que era una niña siempre los había habido. Pero una cosa es tener un perro del que se encargan papá y mamá y otra cosa, muy distinta, es tener un perro del que tienes que encargarte exclusivamente tú.

 El primer disgusto fue comprobar que una de las aficiones preferidas de Darky era morder todo lo que estaba a su alcance (cosa totalmente normal en un cachorro, todo sea dicho de paso): destrozó mis plantas, mis zapatos, mis puertas…mi paciencia.

 El segundo disgusto fue ver que se meaba y cagaba por toda la casa, ¡que falta de consideración! (pobrecito, ahora que lo pienso…). Además, lo hacía a mala idea, sólo para fastidiarme (os juro que eso era lo que yo pensaba en ese momento), porque yo le sacaba a la calle 4 y 5 veces al día y nada, fuera no hacía nada. Sólo quería hacerlo en casa, en esa esquina detrás de la puerta del comedor donde nadie podía verle ni molestarle.

 El tercer y mayor de los disgustos llegó cuando Darky creció y fue convirtiéndose, cada vez más, en un perro excesivamente juguetón y desobediente. La gota que colmó el vaso cayó un día en el que  Darky estaba suelto en la calle y se fue corriendo hacia un niño pequeño, para jugar. Asustó tanto a la madre y al niño que casi me denuncian por ello. Aún recuerdo los gritos de la madre: “Dios mío, sujétalo, que un perro tan negro tiene que ser muy peligroso”…(sin comentarios).

 

Así que ese día reconocí y acepté que Darky se me estaba yendo de las manos y decidí buscar ayuda en un Centro de Educación Canina. Como yo no sabía nada del tema (y que conste que esto no es excusa), obedecí ciegamente las pautas que me fueron dando. Así que empecé con un tipo de adiestramiento basaba en la dureza y el castigo: si querías que el perro caminase a tu lado, le ponías un collar de estrangulamiento (de esos que si el perro tira de la correa, el collar se cierra y aprieta en torno a su cuello); si querías que el perro se sentara, tirabas con una mano de la correa hacia arriba (collar de estrangulamiento incluido) mientras que con la otra le empujabas el culo hacia abajo; si querías que te obedeciera, le chillabas; si se escapaba (cosa que Darky hacía constantemente), le llamabas hasta que venía a tu lado y, una vez que lo tenías al alcance de tu mano, “te ponías seria con él”. El mayor de los despropósitos llegó cuando, para corregir las continuas escapadas de Darky, me recomendaron ponerle un Collar de Impulsos (esta es la manera políticamente correcta de llamar a un collar con dos electrodos que le administra descargas eléctricas al perro a través de un mando a distancia). ¡Milagro!, conseguimos que Darky no se escapara más…siempre y cuando llevara el susodicho collar puesto, claro está. En resumen, puedo afirmar que ninguna de esas técnicas sirvió para que Darky fuera un perro más obediente y centrado, sino todo lo contrario. Hay quienes me han llegado a decir alguna vez que la culpa no era de las técnicas que utilizábamos sino que era del perro, que estaba “zumbado”. A esas personas me hubiera gustado a mi ponerle el Collar de Impulsos en… (¿hay niños leyendo esta historia?).

 

Una vez que Darky tuvo edad suficiente (que no cualidades), decidí empezar a hacer Agility con él. ¡Todo un mundo nuevo para mi!. Por aquel entonces mi perro seguía siendo juguetón, escapista y, por supuesto, seguía evitando estar conmigo (¿qué podía esperar después de gritarle, regañarle, estrangularle y electrocutarle?). Como es de suponer, en Agilty la cosa no fue a mejor, incluso podríamos decir que empeoró. Darky se salía de la pista nada más quietarle la correa, o se ponía a olfatear como loco por todos lados, o corría alrededor de los obstáculos sin orden ni concierto o, simplemente, me miraba y me decía “ahí te quedas”. Ahora que analizo lo que ocurrió puedo decir que Darky, lo único que intentaba, era evitar entrar en un sitio (la pista de Agility) que le resultaba totalmente desagradable porque la asociaba a reprimendas, castigos y gritos. Y todo eso a mí me frustraba cada vez más: me mosqueaba, lloraba y pataleaba. “¿Porqué habré tenido tan mala surte con este perro?” - pensaba yo. Y entonces Darky me miraba…

 

Durante los 8 años que vivió Darky, no hubo ni un solo día en el que no viera esa mirada de desconcierto en sus ojos, cómo si me estuviera preguntando: “¿Por qué?”. Creo honestamente que con Darky lo hice fatal, fracasé en mi responsabilidad como educadora y el pobre pagó las consecuencias. Pero alguien dijo una vez “Fracasar no es caerse; fracasar es no levantarse para volver a intentarlo”, así que con mi nueva perra, decidí levantarme e intentar hacerlo un poco mejor.

 

PARTE II: PREMIAR

 

Se llama Kota (aunque a nosotros nos gusta llamarla Gordita). Llegó a casa en un pack de dos, con su hermana Arwen (aunque a esta nos gusta llamarla Wanchita). Son muchas las cosas que han cambiado en mi vida desde la etapa de Darky, todas ellas para bien. Contaré las que tienen que ver con este tema: he leído bastante sobre adiestramiento canino, he conocido en persona a Turid Rugaas y sus señales de calma, he descubierto la magia del clicker, he acudido a algún curso de Agility y, lo más importante, he aprendido a ser más paciente y menos exigente con la gente y con los perros.

 

Desde el primer día, tuve claro una cosa: con Kota no iba a cometer los mismos errores que con Darky, quizás cometiera otros, pero no los mismos. Y el primer paso era aprender a comunicarme con ella. Esto requería desarrollar unas buenas habilidades de observación. En este sentido, conocer y aplicar las señales de calma fue fantástico. Hoy puedo decir, aún a riesgo de que me llamen loca, que mi perra me habla, no es que parezca que me hable, es que me habla en realidad. Sólo como anécdota, deciros que la comunicación NO VERBAL supone un 80% de la comunicación humana. Por tanto, ¿quién ha dicho que es imposible que mi perra me hable por el hecho de que no pronuncie palabras?. Su comunicación no verbal, sus gestos, son tan potentes que sobran las palabras.

 

Una vez que aprendimos a comunicarnos, empecé a respetarla, a tomar en consideración lo que ella quería. Si está cansada, me pide dejar de jugar y yo le hago caso. Si está aburrida, me pide marcha y yo se la doy. Si está triste, me pide mimos y yo la acaricio.

 

Después llegó el momento de la verdad: educarla (aunque a veces pienso que es ella la que me ha educado a mi…). Mi primera norma fue no utilizar collar de estrangulamiento nunca más. Si quería que andara a mi lado, llamaba su atención  y la premiaba. Después aprendí con Tuurid una forma de que no tirara de la correa: la Técnica del Sonido Neutro (estaré encantada de explicársela a quien me lo pida). A mi me gusta llamarla la Técnica del Beso, y por eso yo siempre digo que, para que un perro camine a tu lado, funciona mucho mejor un beso que un tirón de la correa. Igualmente, para que viniera a mi lado una vez que estaba suelta, la llamaba y la premiaba (¿que os voy a contar del espectacular efecto imán de un trozo de salchicha?…).

 

Y después conocí el clicker, ese pequeño aparatejo que emite un ruidito tan peculiar. Empecé a utilizarlo para el aprendizaje de las cosas más cotidianas: ven aquí, siéntate, túmbate, quédate quieta… Funcionó a la perfección, empezando a reforzar a la perra cuando hacía cualquiera de estas cosas espontáneamente y, posteriormente, premiándola cuando las hacia como respuesta a una de mis órdenes.

 

Y por último llegó el gran reto: practicar otra vez Agility. Tengo que decir que los inicios no fueron todo lo buenos que yo esperaba, ya que Kota manifestaba en la pista unos niveles de ansiedad tan altos que la dejaban paralizada. El problema surgió porque le gustaba tanto la pista y yo la aceleraba tanto, que se empezó a estresar en exceso. Tuurid me ayudó a verlo claro y después de aquello creo firmemente que no es bueno seguir haciendo Agility con un perro hasta que no se consigue bajar sus niveles de ansiedad. De hecho, Kota está ahora mismo en un parón que dura ya cinco meses porque el estrés que tenía en la pista le hacía cometer muchos errores. Volviendo al tema que nos ocupaba, quiero resaltar que el gran cambio respecto a Darky ha siso que Kota ha aprendido todos y cada uno de los obstáculos de Agility mediante el refuerzo, nunca con castigos: la premio por pisar la marca de contacto, la premio por saltar sin tirar palos, la premio por entrar correctamente al eslalon. A la vez, intento decir lo menos posible las palabras “no” y “mal” (confieso que esto me cuesta un poco más). Si falla mucho, simplemente la saco de la pista y nos vamos a casa. Esto, que quizás es algo evidente para algunos, a mi me ha costado mucho aprenderlo y, sobre todo, aplicarlo (¡cuanta gente conozco en el mundo del Agility que dice estar de acuerdo con estas premisas y luego hace todo lo contrario!).

 

EPÍLOGO

 

Si tuviera que describir a Darky diría que era un perro triste, frustrado y desconcertado; si tuviera que describir a Kota diría simplemente que es una perra feliz. Nuestros perros se merecen lo mejor de nosotros mismos porque ellos nos dan lo mejor que tienen. No  cometamos el error de castigarles y regañarles cuando no hacen lo que nosotros queremos. En lugar de eso, parémonos un momento a pensar “¿Por qué no lo hacen?”, y seguramente nos daremos cuenta de que la mayoría de las veces es porque no estamos sabiendo pedírselo correctamente, o porque les estamos pidiendo más de lo que pueden dar, o porque no estamos siendo consecuentes, o porque no les estamos premiando cuando lo hacen bien, o porque les estamos castigando en exceso cuando lo hacen mal.

 
Lo que yo he aprendido de todo esto es que se consigue infinitamente más cosas de un perro dándole un premio que administrándole un castigo. Al menos, yo lo veo así….
 
PD: Darky, te sigo queriendo con locura … y, por favor, perdóname.
 
 
< Anterior   Siguiente >